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Cuando la verdad deja de ser noticia

Siempre me han gustado las historias de periodistas y quizá esa sea una de las razones por las que he escrito Última hora. No suele fallar: cada vez que una novela o una película transita por redacciones, platós de televisión o posa su mirada en un reportero de calle, siento ese pequeño picorcillo que anticipa el gusto que me va a provocar.
Ojo, gusto, pero casi siempre incómodo, porque esas historias rara vez hablan solo de periodismo.
Hablan de poder. Porque poder es decidir qué merece convertirse en noticia y qué no. Alguien ingenuo podría pensar que será la propia verdad la que decante la balanza, pero, ay, creo que llegamos tarde a esa batalla.
Uno de los mejores libros que he leído en lo que va de año es La risa de las hienas, de Carlos Augusto Casas, una novela ambientada en la trastienda de un programa de televisión donde la audiencia termina justificándolo todo (o casi). Allí nadie sale demasiado bien parado —quizá solo el perro conserve cierta inocencia— y, mientras leía, no podía dejar de pensar en Última hora.
Cuando tuve ocasión de comentárselo a Carlos Augusto en la Feria del Libro de Madrid, le dije medio en broma que él tenía más mala leche que yo. Y creo que eso, para la historia que cuenta, es una virtud. También agradecí que su novela hubiera salido este mismo año y no hubiera caído en mis manos antes de meterme de lleno con la mía. Quizá, de haber ocurrido así, nunca habría terminado de escribirla.
Su lectura me hizo recordar otras obras que han frecuentado territorios parecidos y que demuestran que nuestra preocupación por el funcionamiento de los medios viene de lejos.
Billy Wilder ya lo hizo en El gran carnaval. Un periodista encuentra a un hombre atrapado en una mina y comprende enseguida que tiene entre manos la noticia de su vida. Lo que viene después es una de las sátiras más feroces que se han rodado sobre el periodismo y el espectáculo. La tragedia deja de ser una tragedia para convertirse en un producto. Lo importante ya no es rescatar al hombre. Lo importante es que la historia dure un día más.
Años después, Sidney Lumet llevó esa misma idea a la televisión con Network. Un presentador anuncia en directo que se suicidará ante las cámaras. Lo lógico sería apartarlo de la pantalla. Ocurre exactamente lo contrario: las audiencias se disparan. La televisión descubre que incluso la desesperación puede convertirse en entretenimiento.
Cuando Wilder y Lumet hicieron esas películas parecían estar exagerando.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Basta abrir cualquier red social o recordar algunas portadas recientes para preguntarse si la ficción no llevaba décadas avisándonos de lo que podía ocurrir.
Pero estas historias no hablan solo de manipulación. También hablan de quienes intentan resistirse.
Ahí aparece Todos los hombres del presidente, probablemente la gran película sobre periodismo de investigación. Y también El dilema, de Michael Mann, donde contar la verdad puede poner en peligro no solo una carrera profesional, sino la supervivencia económica de toda una cadena de televisión. Porque el poder político importa, sí, pero el económico tampoco suele aceptar de buen grado que alguien le encienda una luz.
Y mucho antes de llegar a las grandes conspiraciones está una decisión bastante más pequeña: la de un periodista que decide si quiere mirar o no.
Eso es, entre otras muchas cosas, Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. En el Portugal de Salazar, Pereira vive refugiado en la página cultural de un periódico, entre necrológicas anticipadas y traducciones, tratando de mantenerse al margen de lo que sucede a su alrededor. Hasta que ya no puede. Me interesa especialmente por eso: porque aquí el periodismo no aparece tanto como una profesión heroica, sino como una cuestión de conciencia. Hay un momento en el que seleccionar qué contamos, qué callamos y dónde ponemos la mirada también significa tomar partido.
En literatura encontré hace poco otro ejemplo extraordinario: 1974, de David Peace. Una novela negra donde el periodismo se mezcla con la corrupción política, policial y empresarial en una atmósfera asfixiante. Peace escribe como si cada frase fuera una descarga eléctrica. Y consigue transmitir algo muy difícil: la sensación de que la verdad siempre llega demasiado tarde.
Más amable en el tono, aunque no menos interesante, resulta The Paper, de Ron Howard. Una película que transcurre durante un único día en la redacción de un periódico. No pretende hacer grandes discursos sobre el oficio, pero sí recuerda algo esencial: detrás de cada titular hay personas agotadas, discutiendo, equivocándose, intentando decidir qué merece ocupar la portada del día siguiente. Una pequeña familia que cada día se reinventa y hace lo posible por no matarse antes del cierre.
Y luego está The Wire. Cuando uno llega a la temporada dedicada al periódico comprende que David Simon no estaba haciendo una serie sobre narcotraficantes, ni sobre policías, ni sobre políticos. Estaba retratando un sistema. Uno en el que cada institución termina adaptándose a unas reglas que premian el resultado inmediato por encima de la verdad.
Quizá por eso estas historias siguen resultándome tan fascinantes.
Porque ninguna habla únicamente de periodismo.
Hablan del relato.
De quién consigue imponerlo.
Y de las consecuencias que tiene hacerlo.
Mientras escribía Última hora volví muchas veces a todas ellas. Algunas me enseñaron cómo construir una redacción. Otras, cómo generar tensión. Otras, simplemente me recordaron que la verdad casi nunca basta por sí sola para abrir un informativo o una portada.
Y, sin embargo, sigo pensando que merece la pena seguir buscándola.
Aunque sea solo porque la alternativa consiste en dejar que el relato lo escriban siempre los mismos.
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